Yo  tenía un muy buen amigo con el que hacía Atletismo todos los días.  Entrenábamos en una pista que había detrás del colegio y un día mientras  dábamos una vuelta me contó una gran noticia. Adidas había creado unas  nuevas zapatillas futuristas llamadas Adidas Torsion.
Habían  estudiado a los mejores corredores del mundo y se habían dado cuenta del  problema de todas las zapatillas. Que no se doblaban lo suficiente por  el medio del pie. El fallo de las suelas normales era que eran de una  sola pieza y Adidas había llegado a la conclusión de que dividiendo la  suela en dos iban a hacer las zapatillas de correr mucho más cómodas que  la competencia. ¿Pero la suela partida en dos partes? No entendía yo  muy bien eso.
Al mes o así las vi en una revista. Habían mezclado  varios azules, pero el principal era un azul claro brillante, super  bonito, con las bandas típicas de Adidas en amarillo. Miré la suela y  ahí lo entendí. Era de una pieza, pero con una separación de un dedo en  el medio. Que genios. ¿Y el precio? Ni lo ponía. Seguro que iban a ser  carísimas. Recorte el anuncio, lo pegue en la pared al lado de mi cama y  lo leí de nuevo. “I want, I can”. Yo quiero, yo puedo. Tenían razón.

En  el colegio les contaba a mis compañeros lo increíbles que eran. Pero  como no tenía mucha información me tenía que inventar el resto. –¡Que lo  vi en un documental en la tele!–les decía. –Salió el laboratorio con  los corredores con máscaras de oxígeno corriendo a tope. Y tenían una  máquina que controlaba todo por ordenador y luego lo analizaban a cámara  lenta. –¿No lo visteis? — Era todo sacado de Rocky IV claro. Y para  hacerlas más inalcanzables les decía que ni se imaginasen en tenerlas  porque eran tan caras y exclusivas que solo se las iban dar a corredores  famosos y luego si había suficientes iban a vender algunas en tiendas  especializadas. Eran para la elite.
Pues un día mi amigo con el que  corría vino al colegio con ellas puestas. Su padre, que había ido de  viaje Ámsterdam y se las había comprado allí. En la clase se las miraba  super contento y cuando salimos al recreo daba zancadas gigantes.  –¡Mira, me hacen saltar más!– me dijo, y se fue botando a lo canguro. Yo  me quedaba atrás sin entender nada. ¿Como era posible que las tuviera  ya? ¿No eran super caras? Pero claro, su padre no era pobre. La verdad  que nunca supimos de donde sacaba el dinero y en el colegio todo el  mundo siempre pensó que era traficante de drogas o algo así. Es que no  trabajaba nunca y tenía una lancha para hacer ski acuático, un Rolex de  un millón de pesetas, tele con satélite mil años antes que nadie y un  chalet al lado de la playa. Pero como no había pruebas de que fuera  traficante y como era super generoso y nos invitaba a la lancha en  verano pues, mafioso o no, al final te daba igual.

Todo  el mundo se paraba para ver las zapatillas de mi amigo. Normal, eran la  revolución. Le preguntaban donde las había comprando o sino desde la  otra acera le gritaban — ¡Illo, que tenis más guapos! — dando signos de  aprobación. Cuando íbamos al comedor del colegio yo hasta me ponía  nervioso de que se le ensuciasen. Es que el suelo estaba super sucio y  cualquier roce ahí iba a crear una mancha aceitosa imposible de quitar.  Yo caminaba delante con mi bandeja como escoltándole y abriéndole paso  entre los niños para que nadie le pisase.

Cada  dos semanas mi padre venía a vernos y en el coche le conté lo de las  zapatillas, que mi amigo las tenía, que se las habían traído de  Ámsterdam, que en el colegio todo el mundo hablaba de ellas y que tenía  que verlas. Ni caso.
Y al poco me contaron que las habían puesto a la  venta en el Corte Ingles de Málaga. ¿Tan rápido? me dije. Y como no me  lo creía cogí el tren para comprobarlo. Llegue, busque entre las  estanterías y allí estaban. Qué bonitas se veían ahí con la iluminación.  Pero valían carísimas. Unas 12.000 pesetas que era más del doble de las  zapatillas más caras que yo había tenido nunca. Conociendo a mi padre  que es de los que te dan un vaso de agua y te lo echan en cara toda la  vida, podía ir olvidándome.
Y no era yo el único que las quería. Una  vez me quede a dormir en casa de mis primos. Eran tan pobres que no  tenían ni techo en la casa y encima estaba en el peor barrio de Málaga.  Decían que la casa estaba en obras, pero no sé yo, tenía pinta de estar  así hace tiempo. En fin, que nos fuimos a dormir mirando las estrellas y  sorpresa ¿que tenía mi primo en la pared al lado de su cama? “I want, I  can”. El poster de las Adidas Torsion. ¿El sueño de todos los pobres o  qué?

Pues  después de desearlas durante meses y perder la esperanza al final paso  lo más inesperado. Como mi madre estaba harta de que yo fuera al colegio  con zapatillas desastrosas, un fin de semana que mi padre vino de  visita, me hizo ponerme las zapatillas de correr en vez de los zapatos.  Yo no es que tuviera mil pares. Tenía dos. Unas de correr blancas,  bueno, blancas en su día, porque ya estaban grises y blandengues de  tanto lavarlas. Y luego unos mocasines negros tipo Frankenstein que  odiaba. Mi madre me hacía ponerme los mocasines de Frankenstein cuando  venia mi padre, pero esta vez me insistió en que me pusiera las  zapatillas viejas. Cuando mi padre las vio se enfadó. Que lo estaban  extorsionando decía. Que estaba muy mal por parte de mi madre hacer eso,  forzarle de esa manera a comprarme unas zapatillas. Que por qué no me  las compraba ella y que era muy evidente que lo estaba intentado  manipular. Es que mi madre me las compraría si tuviera dinero, pero,  además, el mandarnos a ese colegio de ricos había sido idea de mi padre.  Me pregunto si iba al colegio con esas zapatillas puestas. –¡Si son las  únicas que tengo! le dije. ¿Con cuales iba a ir? Y se empezó a sentir  incómodo. Es que él conocía al director del colegio, a los profesores y  como lo que más le importa a un narcisista es su prestigio pues fuimos  al Corte Ingles que las tenían ya de rebaja y al final me las compro.

Cuando  mi amigo me vio llegar con ellas puestas se puso super contento. ¡Que  teníamos las mismas zapatillas!, del mismo modelo, del mismo color,  igualitas. Antes éramos ya como hermanos, pero ahora, esto era  diferente. Ahora éramos almas gemelas por lo menos. De camino al  Polideportivo caminábamos al mismo ritmo. Pie derecho, pie izquierdo,  pie derecho, pie izquierdo. ¡Que ganas!, pero que ganas tenía yo de  entrenar ese día. En la pista comprobé si me hacían botar como a un  canguro. No era mucho el efecto, pero un poquito si, un poquito sí que  me hacían saltar más.
Y llegar cada mañana al colegio con esas  zapatillas era un acontecimiento. Antes le pedíamos a mi madre que nos  dejase una calle antes porque nos daba vergüenza que nos vieran bajarnos  de su coche. Es que todo el mundo llegaba en super coches nuevos y el  nuestro era un Seat 127 blanco. Pero con las Adidas Torsion ya me daba  todo igual. Me bajaba y sentía como si fuera Robocop al salir del coche.  ¡Llego la ley perdedores!, Y funcionaba, porque no veas si me daba  prestigio el tenerlas. Hasta mi primo me vio un dia con ellas puestas y  dijo– ¿Tu que coño haces con esos tenis? Pero no me duro mucho la fama.

Como  no teníamos lavadora, mi madre llevaba nuestra ropa sucia al hotel  donde trabajaba. La ponía toda dentro de una sábana, se la echaba a la  espalda, cargaba por toda la urbanización, por toda la calle hasta  llegar a su coche. Luego conducía hasta el hotel, la descargaba y la  cargaba hasta la planta baja donde una mujer muy amable se lavaba gratis  en las máquinas hotel. Pero como no se la podían secar se la daban  húmeda. Así que mi madre la metía en la sabana de nuevo, que ahora con  la ropa húmeda pesaba diez veces más, conducía hasta casa, aparcaba,  cargaba con la ropa húmeda por la calle, por toda la urbanización hasta  llegar al apartamento donde colgaba la ropa en la terraza. Menudo  sacrificio. Pues un día mis Adidas Torsion se acabaron ensuciando. Mi  madre las metió en la sabana y se las llevó al hotel.
Al otro día  trajo toda la ropa de vuelta. Busqué mis zapatillas, pero horror…solo  había una. Revolví toda la ropa húmeda pero no había ni rastro. ¿Seguro  que se había llevado las dos a lavar? Busque en mi armario, entre los  zapatos de mi madre, en el servicio y nada. ¿No se la habría caído una  por el camino? Sali a la terraza, al jardín, recorrí toda la  urbanización, nada. ¿Dónde había aparcado ayer mi madre? Le pedí que por  favor se acordase, que era super importante que se acordase. Me dijo  que llegaba muy cansada del hotel y aparcaba en un sitio diferente cada  noche. Me puse a recorrer todo. Coche por coche, delante de nuestra  urbanización, detrás, en frente de los restaurantes, mire debajo de  todos los coches, en los contenedores. ¡Por qué! ¡Por qué a mí! me  pregunte. ¿Por qué no se le perdían a otro?. La culpa era de mi madre  por no comprar lavadora, mira que se lo dije veces. Pero pensándolo bien  la culpa era de mi padre también. Si no diera tan poco dinero al mes,  mi madre podría haber comprado la lavadora hace tiempo. Que tío más rata  de verdad, a ver si le cae una maldición ya. Pero en realidad la culpa  era mía, es que tendría que haberlas lavado a mano, en un cubo o algo.  Mira que lo pensé, estuve a punto de decirle a mi madre que las lave a  mano, pero no sé por qué, no lo hice. Es eso, es mi castigo por no  haberlas lavado a mano. ¿Dios me odia o qué?
Lo más humillante fue  que tuve que volver a mis zapatillas viejas. Las grises blandengues, con  un agujero en la punta. No veas si las odiaba ahora. ¿Por qué no se  habían perdido esas?

En  el colegio lo notaron de inmediato. –¿Donde están tus tenis? — me  preguntaban. –Los estoy lavando–les decía. Que tristeza, pero que  tristeza volver a mis zapatillas de pobre. Se me quitaron las ganas de  correr y de entrenar. Solo quería estar solo y no ver a nadie nunca más  en la historia. “I want, I can”, menuda mierda de anuncio de gilipollas.  Nunca más, es que nunca más en la vida me comprare algo de Adidas. Son  unos estafadores.
Llego el otoño y llegaron las lluvias. Pero que  lluvias. Las calles parecían ríos, la gente no podía llegar al colegio,  las alcantarillas parecían geiseres. Un mega caos. Y no veas si duraron.  Vamos, duró tanto la lluvia que la gente se empezó a preocupar. En la  tele dijeron que estaban batiendo todos los récords y que no había  llovido así desde 1920.

A  las dos semanas paro. Salió el Sol y secó todo. Las calles quedaron  llenas de barro, de ramas y bolsas de basura. Tardaron semanas en  limpiar todo y yo seguí caminando hasta el colegio con mis zapatillas  grises unas semanas más.
Y un día, al volver del colegio mi madre me  dice me dice–Mira lo que encontré– y me da la zapatilla que había  perdido. ¿Que? La cogí y no me lo podía creer. ¡Mi amiga!, ¡mi vieja  amiga perdida había vuelto!. La pobre estaba llena de barro y medio  deformada, como si hubiera estado aplastada por una piedra durante mucho  tiempo. –Aparqué y la encontré de casualidad!–dijo mi madre. ¿Pero  dónde estaba? –En un arbusto cerca del coche, ¡es un milagro!. Hay que  escribirle una carta a Adidas para contarles–dijo. Las mire bien y era  verdad, estaban sucias, pero no tenían nada roto. Mi madre dijo que si  las lavaba iban a quedar como nuevas. Las metió en la sabana con la  demás ropa sucia, se las llevó al hotel y me pase esa noche rezando para  que no se perdieran.
Las trajo limpísimas e inmediatamente me las  puse. Pero no eran del mismo color. Normal, como habían estado tanto  tiempo bajo lluvias torrenciales y el Sol se habían descolorido. Y no  iba a ir al colegio así. Me daba vergüenza y tampoco podía contarles la  historia a mis amigos porque si no iban a darse cuenta de lo pobre que  era. Pero eran las Adidas Torsion de distinto color o las grises  blandengues.
En el colegio caminaba pensando si la gente se daría  cuenta que no eran de tonos diferentes. Pero que va. Las vieron y volvió  el prestigio. Me empezaron a adorar de nuevo, a incluirme en el club  exclusivo de niños ricos.
Ese mismo día fuimos a entrenar con mi  amigo. Se alegro de verme de nuevo con las zapatillas, pero me dijo que  tenía algo que me quería enseñar. Abrió su mochila de correr y saco unas  zapatillas nuevas. Eran blancas, con tonos plateados, super bonitas.  Era unas Asics Tiger, las zapatillas más ligeras del mundo. Su padre,  que había ido a Ámsterdam y se las había comprado allí.